Si observamos a nuestro alrededor, todo en la naturaleza presenta ciclos y ritmos: el sistema solar y el movimiento de los planetas, las mareas, los ciclos lunares, la tierra y las estaciones, las plantas y los animales, y el cuerpo humano, ¿tiene únicamente una dimensión espacial en esta corporalidad visible o presenta también una dimensión temporal que hemos olvidado en la práctica médica mecanicista moderna?

En la consulta diaria, el médico de familia es usuario, muchas veces sin ser muy consciente de ello, de la variable “tiempo”, por ejemplo, a la hora de prescribir un polivitamínico, un antihipertensivo o un hipolipemiante o cuando le indicamos a un paciente diabético que debe comer cinco veces al día. En cambio, nuestra intervención “temporal” muchas veces se limita a esto, y no contemplamos los ritmos internos del cuerpo humano a la hora de mejorar un insomnio, de aumentar el éxito de un plan de adelgazamiento, de reducir un cuadro de ansiedad o de incrementar los niveles de energía vital del paciente agotado. Y es que la variable “tiempo” forma parte de todos los seres vivos, y el ser humano no es una excepción. ¿y si tuviésemos en esos ritmos internos una de las grandes fuerzas generadoras de salud y bienestar en el ser humano?

Cuando te adentras en el estudio de la dimensión temporal del cuerpo humano, comprendes que ese orden y ese ritmo tiene como objetivo la supervivencia y la generación de salud día y noche. Por ello, es importante recuperar en la práctica médica, aquello que ya los antiguos descubrieron y que en la actualidad, la ciencia moderna investiga y demuestra: la cronobiología aplicada a la práctica asistencial. ¿Podría ser un paso hacia la nueva medicina que los médicos nos convirtiésemos en relojeros?

Hesíodo escribió hacia el 700 a. C que “las enfermedades caen sobre los hombres algunas de día y otras de noche”. Hoy en día, se sabe que las crisis hipertensivas o los infartos de miocardio suceden con mayor frecuencia entre las 6:00 y las 12:00h. Hipócrates, el “padre de la medicina”, en el 400 a. C, aconsejaba a los interesados en medicina que investigaran en los movimientos de los astros y en las estaciones del año para comprender el carácter cíclico de las enfermedades y del predominio en los órganos internos del hombre. Si somos observadores en nuestra práctica diaria, podemos ver esos ciclos, y no me estoy refiriendo a algo tan evidente como el carácter estacional de las alergias, sino al debut de múltiples casos de herpes simple en un día o de herpes zoster en misma semana o la aparición de casos varios de colitis ulcerosas en el mismo periodo de tiempo, por ejemplo. Podéis hacer el ejercicio de observarlo, no procesos infecciosos sino procesos de enfermedad sin aparente conexión con el exterior.

Cuando yo trabajaba de residente haciendo guardias en el hospital me llamaba mucho la atención, lo que yo denominaba “las noches temáticas”, y es que así era, había noches en las que eran los infartos de miocardio lo que despuntaba con diferencia sobre el resto de patologías que atendíamos, pero otras noches eran los cólicos nefríticos, los traumatismos o las ideas de suicidio. Siempre me quedé con las ganas de hacer un registro objetivo diario y establecer patrones de ritmo para empezar a estudiarlos.

Otro ejemplo muy evidente de la relación de los ritmos con la enfermedad, es el mítico efecto jet-lag o los problemas de salud que tienen los trabajadores a turnos.

Aristóteles en el 350 a. C ya escribió un tratado “Acerca del sueño y de la vigilia” donde exploraba la función del sueño a partir del ciclo actividad-reposo. Más tarde Galeno, en el 150 d. C, reflejaría de manera detallada el carácter rítmico de las funciones vitales durante el día y durante la noche. Hoy en día, hemos podido identificar la presencia de un grupo de neuronas en el núcleo supraquiasmático del hipotálamo como responsable de mantener este “orden temporal interno” sincronizado directamente con un ritmo externo, el de la luz/oscuridad. Por ello, aquellas personas que rompen la sincronización del ritmo externo/interno presentan alteraciones en sus funciones vitales y, en consecuencia, disfunciones y enfermedades diversas.

En la historia de nuestra medicina, la entrada de la medicina mecanicista desbancó este conocimiento sobre la dimensión temporal del cuerpo humano, quedándonos en una visión puramente materialista del ser humano, pero algunos investigadores como C. Hufeland, W. Ogle, C. Bernard, o Aschoff y Wever, siguieron el testigo de nuestros ancestros y no perdieron de vista el componente temporal de nuestro cuerpo.

Hoy, podemos decir que la CRONOBIOLOGIA es una ciencia moderna que rescata ese conocimiento pasado aportándole ahora una visión más holística, integrativa y adaptada a nuestros tiempos, abriéndonos puertas a nuevos enfoques en el campo de la práctica médica. Hoy en día, sabemos que el cuerpo humano funciona como el engranaje de un reloj suizo, es decir, de manera ordenada, rítmica y sincronizado con el ritmo de luz/oscuridad del exterior.

La cronobiología, no sólo nos ha de resultar de utilidad para hacer cronoterapia, si no que puede abrirnos una interesante puerta para comprender la enfermedad con una nueva mirada menos mecanicista y más integrativa, nos puede ayudar a buscar vías más eficientes de diagnosticar (crono-diagnóstico) y de tratar (crono-terapia), además de darnos herramientas para sostener a las personas en la salud y en el bienestar ayudándolas a conservar el ORDEN y el RITMO en su día a día. Posiblemente, en un futuro, los médicos seamos los nuevos relojeros del cuerpo humano y nuestra labor sea la de ayudar a ajustar esos ritmos, a veces desajustados por los estilos de vida actuales, pero que cuando funcionan en armonía son las grandes fuerzas generadoras de salud que poseemos. Recuperemos el tiempo perdido.